|
El
canis familiaris o perro doméstico desciende de un animal
parecido a un lobo que vivió hace varios millones de años.
La historia parece indicar que el perro fue uno de los
primeros animales domesticados por el hombre, con el cual ha
mantenido relaciones muy estrechas durante más de 15.000 años.
Nuestros actuales perros de compañía se parecen bien poco a los
lobos que fueron. Hoy
en día hay más de 400 razas caninas distintas, todas ellas
surgidas a partir de una cría selectiva destinada a producir
ejemplares cuyo aspecto físico o habilidades resultasen atractivos
o útiles. Pero no sólo se ha alterado su aspecto: también ha
cambiado mucho la clase de vida que compartimos con ellos. Ya no nos
es posible permitir que nuestro perro dé rienda suelta a sus
instintos naturales y, en cambio, éste se ve obligado a soportar
los rigores de la vida moderna: el tráfico rodado, la falta de
ejercicio... y toda una serie de valores que sin duda deben de
parecerles totalmente incomprensibles en más de una ocasión.
Si
el perro sigue siendo estimado, necesitado y amado por el hombre, ha
sido porque supo reinventarse a sí mismo. Y, por lo que parece, al Canis
familiaris le espera un largo futuro a nuestro lado.
Genealogía
* Evolución
* Aparición
de las razas
El
perro es un animal carnívoro tal como indican sus cuatro dientes
carniceros, diseñados para hincarse profundamente en la carne de
las presas. Se cree que los carnívoros aparecieron hace
entre 54 y 38 millones de años, como respuesta a ciertos
cambios climáticos y medioambientales. Probablemente, el antepasado
más antiguo del perro fue un creodonte (carnívoro de reducidas
dimensiones) de aspecto similar al de un hurón denominado Miacis,
que vivía sobre los árboles durante el Paleoceno (Paleógeno).
Hace
entre 38 y 26 millones de años, el Miacis fue poco a poco
reemplazado por varias especies de cándidos (animales de la familia
del perro), entre los que se incluía el Hesperocyon. Ëste,
que vivía en lo que actualmente llamamos Norteamérica, poseía un
oído interno muy similar al de los cándidos actuales, lo cual
confirma su vínculo evolutivo. A partir de esta criatura evolucionó
el Cynodictis, de aspecto más similar al del perro, una
especie que se extendió por numerosas zonas del planeta.
Hacia
el final del Mioceno, hace unos 12 millones de años, aparecieron 42
nuevas especies de cándidos, una de las cuales, el Tomarctus,
tenía el morro largo, el cerebro muy grande y una complexión muy
similar a la del perro moderno, así como una dentadura muy
parecida. De este cánido proceden en última instancia todas las
actuales razas caninas.
Evolución
de la especie.
Se
han propuesto diversas teorías para explicar el origen del perro,
algunas de las cuales lo hacen descender directamente del lobo,
mientras que otras aseguraban que su antepasado directo eran el
zorro o el chacal. Tanto el perro doméstico como el lobo y el
chacal pertenecen a la familia de los cánidos (animales
emparentados con el perro). El
parentesco de estas tres especies, así como el hecho de que puedan
procrear entre sí, hizo que se especulara con la posibilidad de que
el perro fuese producto de un cruce de lobo y chacal. Los científicos
modernos consideran, no obstante, que el antepasado directo del
perro es el Canis lupus pallipes, una variedad de lobo gris
que aún existe en la actualidad en la India y en Oriente Medio.
El
perro y el hombre
La
asociación entre perros y humanos es muy antigua. Ya en la primera
pintura rupestre aparecen perros cazando junto con los humanos, y
los huesos hallados en asentamientos muy primitivos revelan que el
perro y el hombre convivían hace 15.000 años como mínimo. Sin
embargo, no parece probable que desde el primer momento humano y
canes hayan sido amigos y camaradas. Por el contrario, las
relaciones entre ambas especies debieron de ser al principio mucho
menos idílicas de lo que podría imaginarse.
Aunque
nadie duda de que el lobo sea el antepasado directo del perro, una
cosa es que los genes de éste hayan podido dar lugar a razas tan
distintas como las de los perros actuales, y otra muy distinta que
el hombre haya sido capaz de domesticar de buenas a primeras a un
lobo adulto, al fin y al cabo un predador salvaje que vivía
integrado en la manada.
Y
poco parece muy probable que el hombre robase cachorros de lobezno
de su cubil, los trasladase a su casa y éstos se transformaran de
manera automática en animales domesticados, ya que con el tiempo
los lobeznos llegarían a ser lobos adultos y acabarían comportándose
igualmente conforme a sus instintos naturales de predador.
Lo
más probable es que se produjese una mutación genética en el lobo
más o menos en la época en que el hombre estaba pasando de cazador
nómada a sedentario, responsable del infantilismo de algunos
individuos que habrían visto detenida su evolución hacia el estado
de predador adulto entre los cuatro y los seis meses de edad.
Origen
de la domesticación
Los
deshechos que se acumulaban alrededor de los asentamientos humanos
se convertirían en un magnífico recurso para los lobos menos
desconfiados con el hombre, los cuales encontrarían alimento más
seguro, cómodo y abundante que sus compañeros rebuscando
simplemente entre la basura. Estos
lobos infantilizados, a su vez debieron de constituir una fuente
suplementaria de proteínas para el hombre a medida que éste iba
abandonando sus hábitos de caza para convertirse poco a poco en
agricultor.
Por
esta razón toleraría que los lobos más mansos merodeasen en busca
de carroña y conocería perfectamente que ejemplares producían las
crías más robustas. Con el tiempo, estos lobos estancados en la
adolescencia acabarían viviendo en los propios poblados. Y éste
habría sido el primer paso de domesticación. Cuando los humanos empezaron a cultivar vegetales, a regresar al punto de origen tras las partidas de caza y a capturar ganado vivo, descubrirían en algunos de estos lobos cualidades muy útiles. Algunos los más infantiles y juguetones, habrían perdido por completo sus instintos de caza y posesión, y resultarían particularmente aptos para guardar los rebaños. Otros destacarían por ser especialmente posesivos, y el hombre fomentaría este rasgo de su carácter si necesitaba ayuda para cobrar piezas cazadas.
El
hombre habría entonces conservado y criado aquellos ejemplares que
le resultaban útiles, y habría matado, devorado o ahuyentado a
todos los demás. Al principio, el hombre habría criado perros para
que lo ayudasen en la caza o le protegieran a él y a sus bienes,
como muestran las razas caninas más antiguas (Molosos, Lebreles,
Bracos y perros de pastor). Por aquel entonces, y durante muchos
milenios, al ser humano le importaba bien poco el aspecto externo
del perro, ya que únicamente le interesaba su utilidad como animal
de trabajo.
La
evolución de la Humanidad traería consigo la progresiva
popularización del perro, y su dispersión por diferentes partes
del mundo, probablemente a través de las rutas comerciales. Los
perros serían valorados como animales de trabajo en todas partes,
pero probablemente el aspecto de un perro de pastor en cierta parte
del mundo diferiría mucho del de otro perro de pastor utilizado en
un punto distinto del planeta.
El
tipo de trabajo realizado por el perro, en cambio, si se reflejaría
en el aspecto del animal. Los perros fornidos y corpulentos como el
Mastín resultarían especialmente adecuados para cazar salvajina en
el bosque, mientras que los perros más ágiles y ligeros, como los
Collies y Lebreles, resultarían muy útiles para perseguir,
acorralar o levantar la caza en terreno abierto.
El
aspecto del Perro fue evolucionando a medida que se modificaban sus
hábitos de conducta. El hombre no comenzó a criar perros únicamente
por su aspecto externo hasta el siglo XX.
Variedad
entre las razas *
Morfologías especiales
* La cría
selectiva
Por
medio de la cría selectiva se han producido en el perro más
variaciones entre razas que en cualquier otra especie animal. En lo
tocante al tamaño, los perros pueden ser desde tan diminutos como
el Chihuahua hasta tan gigantescos como el Irish Wolfhound, pasando
por todas las tallas intermedias entre ambos.
La
complexión puede variar enormemente también, desde el perfil
achaparrado y longilíneo de los Dachshund hasta la altiva esbeltez
del Saluki. La increíble diferencia entre tamaños, complexiones y
temperamentos de las diferentes razas caninas se debe, en parte, a
la maleabilidad genética de esta especie, pero también es el
resultado de la intervención humana, responsable de una intensa cría
selectiva destinada a fomentar determinados rasgos físicos o de carácter
que mejoras en el rendimiento de los perros a la hora de realizar
tareas determinadas. Colarse
por cualquier agujero.
En
general, la forma del cuerpo revela la función desempeñada por
cada raza. Por ejemplo, los perros criados para penetrar en
escondrijos subterráneos en busca de presas veloces y a veces
formidables suelen ser relativamente pequeños, delgados aunque
fuertes y sumamente ágiles, como la mayoría de los Terriers.
Aunque también existen Terriers de gran talla, como por ejemplo el
Aireadle, el aspecto del Jack Rusell, Cairn y el Border revela
claramente su antiguo oficio de predadores de caza menor y pequeñas
alimañas. Raudos
y con buena vista
Los
perros de carrera, por su parte, suelen ser altos para detectar
mejor con la vista las presas en terreno abierto, y su cuerpo está
diseñado para darles alcance a enorme velocidad, aunque recorriendo
distancias relativamente cortas. El Greyhound Inglés y el Galgo
Español son típicos ejemplos de perros de carreras. Su piel, fina
y revestida de pelo muy corto, deja ver la esbelta y atlética
figura del animal, diseñada expresamente para el sprint,
aunque no para recorrer grandes distancias. Ëstos, con su pecho
ancho y profundo y sus largas patas, pueden recorrer cortas
distancias a increíble velocidad casi sin esfuerzo, y tal vez sin
siquiera jadear al final de la carrera.
La
complexión de los Lebreles se asemeja mucho a la del animal
terrestre más rápido del mundo, el guepardo, capaz de alcanzar una
velocidad de 129 km/h. A pesar de ello, su velocidad es muy
inferior, ya que no superan los 70 kh/h. En cualquier caso, superan
ampliamente la de su antepasado el lobo, que no suele ir más allá
de los 56 km/h. Corredores
de fondo
Otras
razas caninas se criaron, en cambio, para recorrer, enormes
distancias sin descansar, aunque a velocidades mucho más discretas.
El Husky Siberiano, el Malamute de Alaska y el perro común son más
resistentes que los corredores de sprint, y poseen reservas de grasa
que les permiten aguantar durante largos viajes. Estos perros se
usan aún en la actualidad como perros de tiro para transporte en
trineo de largo recorrido en algunas de las regiones más frías e
inhóspitas del planeta. Normalmente, trotan en vez de correr, lo
cual les permite economizar energía e ir consumiendo sus reservas
lentamente. Fuertes,
más no veloces
Los
perros criados expresamente para guarda y protección poseen cuerpos
macizos, casi cuadrados, que los hacen muy fuertes restándoles
velocidad. La idea es crear un guardián formidable, imponente y
poderoso, aunque a expensas de la agilidad del animal. Sus huesos
suelen ser robustos y rectos, pero su cabeza y su cuello pueden
resultar desproporcionadamente anchos en comparación con el resto
del cuerpo. Los Rottweiler y Mastines son ejemplos típicos. Diseño
experimental
Las
mayores diferencias entre las actuales razas caninas se deben al
hombre, que, viendo incrementarse su tiempo libre en épocas históricas
recientes, comenzó a elegir a su perro no ya por su capacidad de
trabajo, sino exclusivamente por su aspecto externo. La cría
selectiva destinada a fomentar determinados rasgos físicos, no
obstante, ha repercutido de forma negativa en la salud de los
perros, dando lugar a numerosas enfermedades hereditarias y
trastornos físicos como:
Ciclo vital del perro Infancia
* Adolescencia
* Vejez Desde el día en que nace un cachorro se empiezan a notar cambios visibles. Crecen y evolucionan a increíble velocidad, y es fascinante comprobar cómo en apenas 12 meses pasan de ser las criaturitas desvalidas de los primeros días a esos intrépidos jovencitos que nos cautivan sin cesar con sus diabluras. Cada día aprenden mil cosas nuevas: jugar, comunicarse, comprender el mundo que los rodea, etc. El recién nacido
Los
perritos nacen sordos y ciegos.
Aunque están cubiertos de pelo, necesitan estar en contacto
con la madre para
mantenerse calientes y protegidos. En los primeros días, el
principal órgano sensorial es el del olfato, lo que puede
observarse fácilmente contemplando un cachorro recién nacido: su
trufa y su morrito son desproporcionadamente
grandes en relación con el resto del cuerpo.
Desde
el principio son capaces de moverse, regresando a la camada si se
les aísla del grupo, y también de chillar para avisar a la madre
de su paradero cuando tienen hambre.
Los
cachorros recién nacidos no pueden orinar ni defecar por sí solos,
ni tampoco regular su temperatura corporal, y dependen por completo
de su madre, que con vigorosos lametones provoca la micción y la
deposición; también con su propio cuerpo les proporciona el calor
necesario.
Los
perros nacen ya capacitados para hacer muchas cosas: los nervios
craneales están ya totalmente desarrollados, y eso les permite
mamar, tener sensibilidad en el morro, mantenerse en equilibrio e
incluso enderezarse instintivamente.
Se trata de un reflejo natural que se produce cada vez que se
caen o se les da la vuelta, y consiste en ponerse de nuevo en pie.
Si se agarra por la holgada piel de la nuca a un cachorro
recién nacido, éste encogerá de forma característica las patas y
se mantendrá totalmente inmóvil.
Pero sólo los primeros cuatro o cinco días: después
estirará las cuatro patas, separándolas entre sí.
Los cachorros con menos de una semana no ven ni oyen bien
todavía, pero reaccionan ante los ruidos fuertes.
Y también los producen:
chillan o gimotean si se sienten abandonados con el fin de
atraer a la madre.
De la 1ª. a la 3ª. semana
En
cuanto se abren sus orejitas, los cachorros comienzan a reaccionar
antes los sonidos y, aunque no pueden ver con claridad hasta que
cumplen más o menos cuatro semanas, intentan ya seguir con los ojos
la luz y el movimiento de los objetos.
Los cachorros suelen empezar a moverse con cierta soltura a
las tres semanas de edad más o menos, caminando en vez de
arrastrarse, y alternan breves períodos de actividad con
prolongados periodos durante
los cuales duermen profundamente.
De la 3ª. a la 6ª. semana
Con
cinco semanas, los cachorros pueden ya oír, ver y olfatear como
perros adultos, aunque sólo logran concentrar su atención durante
lapsos muy cortos. El
destete se inicia normalmente a las tres semanas más o menos,
momento en que la secreción láctea empieza a decrecer y la madre a
rechazar progresivamente a los cachorros que intentan mamar.
El destete se prolonga normalmente hasta la quinta o sexta
semana, y es para los cachorros la primera y más importante lección
de convivencia social de su vida, ya que los enseña a soportar la
frustración que conlleva el que su madre les niegue el pecho cuando
ellos sienten que lo necesitan.
También aprenden mucho jugando con sus hermanos y con la
propia madre, pues esto les permite adquirir conciencia de que son
perros; muchas posturas utilizadas en el juego y gestos faciales son
adquiridas precisamente en esta época.
De la 6ª. a la 12ª. semana
En
esta época resulta esencial la intervención
humana. La
socialización (proceso durante el cual el cachorro aprende a
comportarse con los humanos y con los otros perros) debe tener lugar
a esta edad. Acostumbrarlo,
o exponerlo de forma gradual a todos los elementos y cambios que se
producen habitualmente en e entorno resulta esencial también.
Un cachorro debidamente socializado y familiarizado con el
entorno se convierte en un adulto seguro de sí mismo, feliz y
obediente sean cuales sean las circunstancias o los lugares a que
deba enfrentarse en el futuro.
A
partir de este momento, los cachorros empiezan a recabar enormes
cantidades de información sobre el mundo que los rodea.
Ya se mueven con soltura, coordinando perfectamente sus
movimientos, y pueden tanto correr como saltar y revolcarse.
Es ahora cuando más necesitan del juego con sus hermanos y
con las personas para
aprender normas de conducta social, y cuando clavan sin cesar sus
dientecillos punzantes como alfileres para averiguar qué elementos
del mundo que los rodea son seres vivos y cuáles meros objetos
inanimados.
Normalmente,
después de la séptima semana el cachorro ya está completamente
destetado y es capaz de ingerir por sí mismo todo el alimento sólido
que necesita para satisfacer sus necesidades nutricionales.
Con ocho semanas está preparado para separarse de su madre y
de sus compañeros de camada, aunque muchos permanecen junto a la
madre hasta que cumplen las diez semanas de
edad.
Entre
los 3 y los 6 meses
En
esta época, el perro adquiere gran masa muscular y ósea, preparándose
para la pubertad. Entre
la 18 y la 20 semana, más o menos, se le caen
los dientes de leche y aparece
la dentición permanente.
Este proceso marca definitivamente el final de la infancia
propiamente dicha.
El
perro experimenta sin cesar diferentes conductas sociales, y tal vez
incluso empiece a ensayar comportamientos sexuales, intentando
montar cojines, otros animales o a los seres humanos.
Puede también entablar juegos competitivos (de fuerza,
posesión, etc.) destinados a averiguar cuál es el perro dominante.
Por medio del juego aprende a comunicar sus sentimientos y
también a asumir (y averiguar) su propio estatus social.
A esta edad es bastante habitual que los cachorros empiecen a
mostrarse extrañamente miedosos, expresando temor ante objetos o
personas con los que ya estaban
familiarizados. En
estas circunstancias, de la reacción del propietario dependerá que
esa aprensión se venza o se perpetúe.
Obligarle a enfrentarse a lo
que teme por la fuerza puede provocar que siga temiéndolo de
por vida. Entre
los 6 meses y el año.
En
estos meses representan la adolescencia del perro.
A esta edad las hembras tienen su primer celo y los machos
alcanzan la madurez sexual. Puede
ser una época de tanteo entre
el perro y su propietario, ya que las relaciones sociales tal vez se
replanteen por completo. Algunas
hembras parecen sufrir cambios repentinos de humor antes, durante o
después del celo, y tal vez se muestren reacias a permitir que
otros perros se les acerquen.
Los
machos suelen empezar a levantar la pata para orinar entre los 6 y
los 12 meses. Lo hacen
para delimitar su territorio y para enviar a los otros perros
información cifrada en señales olfativas sobre su situación socia
y sexual. Sus encuentros con otros perros pueden empezar a estar
presididos por sentimientos de rivalidad, aunque no se suele llegar
a la agresión física, y con frecuencia pretenderán montar a las
hembras o a los otros machos intentando convertirse en el macho
dominante. Los dientes
de adulto aparecen entre los 6 y los 10 meses de edad, y es posible
que el perro sienta un deseo irresistible de mordisquear, intentando
aliviar así la tensión en sus encías.
Es conveniente proporcionarle abundantes juguetes y
mordedores para evitar que rompa cualquier otra cosa. Entre 1 y 4 años
Aunque
suelen alcanzar la madurez sexual entre los 6 y 14 meses, los perros
pueden continuar creciendo y desarrollándose psicológicamente
durante mucho más tiempo.
Los perros miniatura tienden a madurar más de prisa que los
grandes, y sobre todo si se trata de razas gigantes como el
Terranova y el Perro de Montaña de los Pirineos, que a veces no
pueden considerarse propiamente perros adultos hasta los tres años
de edad. La madurez
psicológica, por su parte, tarda a veces mucho en alcanzarse por
completo. Los
propietarios de razas tan exuberantes como el Boxer, por ejemplo, se
preguntan con frecuencia si su perro no
piensa hacerse mayor nunca.
En esta época, los perros siguen aprendiendo y estableciendo
roles tanto en el entorno familiar como en sus relaciones con otros
perros. Puede que hasta
los tres o cuatro años de edad no empiecen a surgir problemas entre
el perro o la perra y los otros perros que vivan en la misma casa.
aunque no es frecuente, a veces
el perro joven trata de arrebatar el puesto dominante al
perro de más edad cuando alcanza la madurez necesaria para darse
cuenta de su propio estatus.
Jerarquía
de la manada *
Aprendizaje e
inteligencia ¡Un perro es un perro! Tal vez parezca una verdad de perogullo, pero lo cierto es que muchos estamos tan acostumbrados a ver al perro como un miembro más de l familia que acabamos olvidando tanto sus limitaciones como sus habilidades puramente caninas.
El
comportamiento canino es una maravillosa fusión entre lo instintivo
y lo aprendido. Casi cualquier rasgo de su conducta responde a una
necesidad instintiva de propiciar la reproducción y garantizar la
conservación de la especie en el entorno salvaje. Educar a un
perro, enseñarlo a convivir con nosotros en nuestro mundo, no es
otra cosa, en definitiva, que enseñarlo a dar rienda suelta a sus
instintos naturales, pero en el momento y el lugar oportunos. Miembros de la jauría
Los
perros son animales sociales, y como tal desean por instinto
sentirse integrados en la estructura social del grupo y trabajar en
equipo en la jauría. En el entorno natural, ningún cándido
conseguiría sobrevivir mucho tiempo fuera del grupo, ya que para
cobrar piezas de gran tamaño es imprescindible cazar en equipo.
Por esta razón las jaurías de cándidos salvajes están
siempre jerarquizadas y presididas por normas que establecen quién
tiene derecho a aparearse en la manada y a quién corresponde el
privilegio de alimentarse en primer lugar una vez matada la presa.
Naturalmente,
siempre hay alguno que intenta desafiar el orden establecido, pero,
para evitar graves lesiones que hubieran perjudicado a la manada en
general, la evolución de la especie sustituyó las mutuas
agresiones por toda una serie de comportamientos, rituales que
permiten resolver cualquier conflicto entre los miembros sin
derramamiento de sangre. Estos ritos incluyen gestos teatrales
interpretados con la cara y el cuerpo, miradas intensas y fijas, gruñidos,
etc., un completo y eficaz sistema de signos que sirven tanto para
expresar intenciones como respuestas.
Hasta
hace no mucho tiempo se creía que el lobo dominante o líder
supremo era el individuo más corpulento o fuerte de la manada.
Actualmente se cree, sin embargo, que los lobos que detentan el
poder y controlan a todos sus congéneres son precisamente aquellos
que mejor dominan el lenguaje de los gestos. El jefe de la manada
En
el entorno natural, algunos cándidos o lobos se llevan siempre la
mejor parte de todo: disfrutan de la porción más grande de la
presa, del lugar más seguro para dormir, de las atenciones de los
otros, que los acicalan y asean, de aliados dentro del grupo que los
apoyan, mientras que otros tienen que conformarse con lo que estos
privilegiados desdeñan. Obviamente, los primeros tienen más
oportunidades de aparearse y procrear hijos sanos que aquellos que
deben de esperar, muertos de hambre, a que los primeros se harten de
comer, dormir en la parte más exterior y expuesta de la guarida y
arreglárselas casi sin ninguna atención por parte de los demás. A
estos cándidos que se llevan siempre la mejor parte de todo y
tienen, en consecuencia, más posibilidades de procrear se les
denomina individuos Alfa o dominantes.
Este
ordenamiento social no debe extrañar
mucho a los humanos. Bien sabemos que el director general de
una empresa disfruta de un espacio enorme, de un escritorio y un
sillón maravilloso que sólo él puede utilizar, una plaza
reservada en el aparcamiento y hasta un coche oficial proporcionado
por la empresa, mientras que los subalternos tienen que apañárselas
con muchísimo menos.
De
hecho, lo que ha hecho posible que humanos y perros hayan llegado a
llevarse tan bien han sido precisamente las semejanzas existentes
entre la estructura social humana y la canina. En resumidas cuentas,
cuando un perro vive con nosotros en casa entiende que nosotros
somos los jefes de la manada y que es a nosotros a quienes
corresponde elegir, mientras que a ellos les toca indefectiblemente
conformarse con lo que nosotros rechacemos. Es precisamente la
estructura jerárquica de la jauría lo que impide que surjan
conflictos entre ambas especies. Ahora bien, en un animal tan
inteligente y adaptable como el perro doméstico, ciertas
experiencias podrían anular esta sumisión instintiva. Y es aquí
donde entra en juego el aprendizaje. El aprendizaje
Los
perros aprenden muy rápido cuando les conviene. Si obtienen algo
que les guste con determinada conducta, tenderán a repetirla; si
no, lo más probable es que la abandonen.
En
este principio se basa la teoría del aprendizaje. Los perros
aprenden de forma muy similar a la nuestra. Sabemos, por ejemplo,
que si cuando un niño hace algo por primera vez (aplaudir, por
ejemplo) le damos a continuación un caramelo, es probable que
vuelva a intentarlo. Tras batir las palmas unas cuantas veces y
recibir las correspondientes golosinas, es muy probable que el niño
se ponga a aplaudir con entusiasmo para demostrarnos que ha
aprendido ya a hacerlo. Si, por el contrario, se hubiese castigado
al mismo niño por batir las palmas, o simplemente se le hubiese
ignorado mientras lo hacía, lo más probable es que el aplauso
hubiera durado poco tiempo y el niño no hubiese vuelto a batir
palmas más adelante.
Conviene
tener en cuenta que lo que un humano adulto considera un castigo
puede parecerle un premio a los niños o a los perros.
Si
necesitan o desean que les prestemos más atención, un regaño o
incluso un castigo físico puede parecerles un premio, ya que para
ellos es mejor eso a que se les siga ignorando. Tal vez esto explica
por que algunos niños se portan tan mal en el supermercado o
algunos perros empiezan a hacer gamberradas en cuanto llegan
visitas.
¿Son
de verdad tan inteligentes?
El
perro nos parece a veces más inteligente que los otros animales domésticos,
como el gato, porque encuentra la forma de conseguir lo que se
propone y porque repite conductas por las que antes ha sido
premiado. No obstante, la inteligencia es algo difícil de medir.
Tal vez lo único que ocurre es que a los perros se les da mejor
comunicarse con nosotros de forma que nosotros les entendamos.
Es
posible adiestrar a otros animales, por ejemplo gatos, cerdos e
incluso pollos, de la forma en que adiestramos a los perros, pero
motivándolos y comunicándose con ellos de otro modo. Los gansos,
por ejemplo, son más independientes que los perros y, por lo tanto,
no buscan nuestra aprobación.
Qué puede esperar de cada edad * Facilitarles las cosas Llamamos socialización al proceso por el cual los animales sociales aprenden a enfrentarse y relacionarse con el mundo exterior. Quien ha tenido hijos sabe que los niños necesitan tratar con otros niños para aprender a vivir en el mundo que los rodea. Un niño correctamente socializado suele convertirse en un adulto bien adaptado socialmente. Y lo mismo puede decirse de un cachorrito. Un perro joven necesita aprender como es el mundo que le rodea, como son los hombres, los niños, los otros perros, para no tenerles miedo el día de mañana y reaccionar de la forma adecuada en sus relaciones sociales.
PRIMERA
INFANCIA Período
neonatal; las dos primeras semanas de vida El perro recién nacido parece una diminuta hoja en blanco en la que todo está por escribir. Sin embargo, aunque parezca ignorar por completo como debe comportarse fuera del útero materno, no de demos dejarnos engañar: depende por completo de la madre para alimentarse, mantener su temperatura corporal y estar físicamente protegido, pero en realidad no está tan desvalido como parece. Que
hacer.
Aunque aún no puedan ver ni oírnos, debemos tomarlos y tocarlos.
Viven en un mundo de olores y sensaciones táctiles, y están
perfectamente preparados para empezar a acostumbrarse a nuestro olor
y nuestras caricias.
PERIODO
DE TRANSICIÓN Entre
dos y cuatro semanas
En
esta época el cachorro evoluciona con extraordinaria rapidez. Sus oídos
se abren y empieza a reaccionar frente a los ruidos fuertes dando
muestras de sobresalto. También abre los ojos, y pronto empieza a
reaccionar ante la luz y los objetos en movimiento. Que
hacer.
Prepararlo para la fase de socialización, procurando que su entorno
sea cada vez más variado y complejo con el fin de que aprenda a
enfrentarse al mayor número posible de cambios en el entorno doméstico.
SOCIALIZACION Entre
cuatro y doce semanas
Los
cachorros están en el período de socialización a partir de la
cuarta semana aproximadamente, y las ocho semanas que siguen son las
más críticas de su vida; también las más importantes desde el
punto de vista educativo. De hecho, se ha demostrado que los
cachorros que no han tenido contacto con humanos entre las cuatro y
las doce semanas de edad evitan el contacto con ellos, tienen miedo
de la gente y puede ser imposible adiestrarlos más adelante sin
ayuda profesional. Hacia el final de este período, sus patrones de
pensamiento y su capacidad de concentración son ya similares a los
de un perro adulto.
A
la mayoría de los cachorros se les deja con la madre hasta que
cumplen las siete u ocho semanas. En este tiempo se produce el
destete, y los cachorros deben enfrentarse a la severidad de su
madre cuando les niega el pecho y a la frustración de no poder
mamar. También aprenden ahora, jugando con sus hermanos, a tratar
con sus semejantes, a moderar la fuerza de sus mordiscos y a asumir
un estatus social, que calibran compitiendo con sus compañeros de
camada por los recursos. A esta edad tan temprana ya es posible
observar las primeras manifestaciones de sus instintos sexuales y de
caza. Con cuatro o cinco semanas, los cachorros de ambos sexos
pueden ya montarse mutuamente durante el juego, así como saltar
sobre un juguete y zarandearlo como si estuviesen dando muerte a una
presa. Que
hacer. Como
los cachorros suelen dejarse con la madre hasta bien entrado el período
de socialización, corresponde al criador o propietario de ésta
acostumbrarlos a los diferentes ruidos, olores, texturas, imágenes
y voces que se producen en el entorno doméstico. Por lo tanto,
cuando usted recoja al cachorrito éste deberá haber sido expuesto
ya a gran cantidad y variedad de estímulos. Antes de separarse de su madre, un perrito debería haber conocido personas muy diversas entre si, y lo ideal sería que también se hubiese familiarizado con el mayor número posible de elementos de la vida cotidiana posible.
Cualquier
cachorro que aún no este debidamente socializado necesita ayuda
urgente. Educación continua
La
socialización debe prolongarse al menos hasta las doce semanas de
edad, de modo que, si ha recogido a su cachorro antes de este
momento, será su responsabilidad continuar su proceso de educación
en esta época tan delicada de su desarrollo. Incluso a los
cachorros que no fueron debidamente socializados en su momento les
vendrá bien ahora que se les vaya mostrando poco a poco y con
delicadeza el mundo exterior con el fin de lograr que se acostumbren
a las personas, objetos y sucesos habituales en el hogar y fuera de
él.
Hay
que ocuparse de proporcionar a los cachorros la mayor cantidad y
variedad de experiencias posibles antes de las doce semanas, a pesar
de que lo más habitual es que no hayan completado aún su primer
ciclo de vacunaciones y, por lo tanto, no puedan todavía
relacionarse libremente con los demás perros. Una posible solución
de compromiso es sacarlos a la calle o al parque en brazos; otra sería
llevarlos a casa de los amigos o hacer que éstos vengan a nuestra
casa a visitarlos. También es bueno hacerles tratar con otros
perros, siempre que nos conste que éstos son adultos, son sociables
y están perfectamente vacunados contra todo. Esfuércese en
proporcionarle todo tipo de experiencias antes de que cumpla doce
semanas, todas las que pueda tener en el hogar cuando aún no pueda
salir a la calle y, el resto, en cuanto esté preparado para empezar
a salir.
Conducta
social * Aprendizaje *
Lenguaje corporal * Mensajes sonoros * Refuerzo positivo
En
el entorno natural, nuestros perros domésticos formarían jaurías
organizadas. A cada perro le correspondería un estatus social
determinado, con derechos y deberes concretos, y la jauría en
general se relacionaría escasamente con caninos que no conociera.
De hecho, si se encontrasen con un perro perteneciente a otra jauría,
lo tratarían con gran recelo y, si el grupo se sintiese amenazado
por el, lo ahuyentarían con gestos amenazantes y grandes muestras
de hostilidad.
Comunicación
canina Sin embargo, esperamos que el perro que vive con nosotros se relacione con sus congéneres de forma muy distinta. Lo natural es que los perros pertenecientes a diferentes jaurías/familia, sea cual sea su sexo, su edad y su tamaño, se encuentren y se traten a diario en la calle o el parque, sin que se produzca ningún tipo de confrontación o conflicto. Esto
es posible sólo por dos motivos. El primero es que el perro doméstico,
durante su evolución a partir del lobo, probablemente sufrió un
proceso de selección natural que lo dejó en estado neotónico, es
decir, estancado en un comportamiento juvenil de por vida. Un perro
nunca llega a comportarse como un lobo adulto. De
hecho, demuestra gran flexibilidad en su trato social con los demás
perros durante toda su vida, si es que no sigue mostrándose,
incluso, tan juguetón como un cachorro. El
segundo factor que hace posible que nuestros perros se relacionen
entre sí con tanta naturalidad y sin violencia es precisamente la
socialización precoz a la que les sometemos. Nosotros les enseñamos
desde cachorros que los demás perros, aunque no tengan el mismo
olor o el mismo aspecto que sus compañeros de camada, son igual de
amistosos y dignos de confianza que ellos. De
todos modos, cuando los llevamos al parque podemos aún observar
vestigios de la conducta social de los lobos en su comportamiento.
Es cierto que se relacionan con sus congéneres libremente, pero
siempre observando una serie de rituales, una serie de normas de
conducta social destinadas a hacer posible que un perro se presente
ante un desconocido y ambos puedan entablar una relación amistosa,
por efímera que ésta sea. Además,
para comunicar a sus congéneres su existencia e intenciones los
perros no necesitan forzosamente coincidir; también suelen
presentarse ante los demás de otros modos, como marcando el
territorio con orina o eligiendo cuidadosamente el lugar más
adecuado para depositar sus heces. Comunicación olfativaLos
perros delimitan lo que consideran su territorio utilizando su olor
personal. Probablemente, para ellos, leer olfativamente la
información contenida en la orina dejada por sus congéneres es un
poco como para nosotros ojear el periódico por la mañana. Esas señales
olfativas están plagadas de información sobre el sexo, estado de
salud, estatus social e incluso situación hormonal de los perros de
la vecindad. Los
perros pueden, incluso, detectar mediante el olfato el miedo que están
sintiendo otros animales. Se cree que cuando un perro está
atemorizado libera ciertas sustancias químicas, denominadas
fermonas, destinadas a alertar a los demás sobre el peligro que los
acecha. Tal vez esto explica por que a muchos les aterroriza ir al
veterinario aunque nunca hayan sufrido ninguna experiencia traumática
en la clínica. Es probable que un olfato tan altamente desarrollado
permita a los perros saber exactamente cuantos perros hay, o ha
habido hasta hace muy poco, en el parque, y si los conoce o no. Comunicación visualCuando
están al alcance de la vista, los mensajes olfativos ceden paso al
lenguaje de los gestos. La mayoría de los perros, si no están
sujetos por la correa y pueden moverse con total libertad, se toman
cierto tiempo al presentarse ante los perros que no conocen. En el
primer momento es posible que nada más verse ambos queden como
inmovilizados. Poco después, irán aproximándose entre sí,
despacio y con precaución, con frecuencia dando una especie de
rodeo en vez de dirigirse directamente hacia el otro, lo cual podría
ser interpretado como un intento de agresión. Cuando están cerca,
normalmente intentarán olfatearse mutuamente, primero la cara y la
cabeza y finalmente la zona genital, mucho más rica en información
olfativa. Después
de esto, tal vez uno de ellos se aleje o tal vez los dos a la vez y
levante la pata para orinar, dando por concluidas las
presentaciones. También es posible que se inviten mutuamente a
jugar, agitando las patas delanteras mientras las patas traseras
quedan en posición normal, o ladrando. Aunque mientras juegan pueda
parecer que están peleando en serio, normalmente ambos comprenden y
acatan mientras lo hacen las normas sociales pertinentes y es difícil
que lleguen a morderse fuerte o a desafiarse con verdadera
hostilidad. |